Je ne...
Por momentos me descubro perdido en los recuerdos de un futuro que nunca fue, pero que soñé con tanta claridad y viveza que, a veces, se siente como algo que realmente sucedió.
Los momentos son solo eso: instantes efímeros. A veces luminosos, otras no tanto.
Aquel día de mayo, aunque apenas compartimos un breve instante, por un rato volví a asomarme a ese futuro que no existió, pero que podría haber sido. Y, por un momento, fui feliz con solo eso.
¿Es triste soñar? Tal vez sí. Porque cuando pienso en ese sueño, sentado frente a la ventana y viendo caer un nuevo atardecer, los ojos se me humedecen y el corazón —pequeño, frágil— parece encogerse dentro del pecho, abrazándose a sí mismo para seguir latiendo despacio.
Todavía, cuando llega el jueves, mi alma se ilumina por unos segundos, hasta que recuerda: ya no habrá un viernes como los de antes, en los que podía aparecerse.
Y así transcurren los fines de semana. Los sábados, como siempre, me encuentran en el mirador, contemplando la rueda Eiffel: tan bella, tan estoica, tan detenida en el tiempo.
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